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Poesía en los Bares I — El Buscador de Versos
Portada de Poesía en los Bares I, con las teclas de un ZX Spectrum formando las palabras POESIA EN LOS BARES

Revistilla tolerante y desenfadada · n.º 1

Poesía
en los
Bares El Buscador de Versos

Antonio M. Moreno

El Buscador de Versos

Lo primero que autoedité para tener algo que vender en los primeros recitales y poder beber —que no vivir— de la poesía. Madrid, 2000.

34 poemas © 2000 Autoedición Recital · Bar · Fanzine
— Sinopsis

Un fanzine que huele
a tabaco y a caña

A principios de los 2000, un poeta madrileño de barrio de extrarradio —al que sus amigos conocían ya como «el Buscador de Versos»— necesitaba tener algo en las manos para vender en los recitales de bar que empezaba a dar. El resultado fue esta revistilla: treinta y cuatro poemas fotocopiados, grapados y vendidos a precio de caña para poder seguir bebiendo —que no viviendo— de la poesía.

Poesía en los Bares I es exactamente lo que dice ser: versos para leer entre rondas, entre risas, entre el humo del cigarro y el ruido de fondo de una taberna de Madrid. No aspira a la eternidad literaria, aspira a que alguien se reconozca en ellos y se ría, o se duela, o ambas cosas a la vez. El libro está construido sobre una voz inconfundible: irónica, autodespiadada, callejera y, de vez en cuando, brutalmente honesta.

La revistilla recorre los territorios que definen esa primera voz poética: el amor que se pierde y que se busca en bares, la amistad como forma de resistencia, la ironía ante el consumismo y la política, la soledad personificada como compañera de piso, el deseo sin disfraz, la infancia de barrio con sus personajes irrepetibles, y la muerte como tema que ya asoma sin tragedias, con naturalidad de quien sabe que tendrá tiempo de escribir sobre ella. Y un largo poema final —«Historia de un Poeta (I)»— que es la declaración de intenciones de todo lo que vendría después.

— Valoración

Lo que vale
este cuadernillo

Juzgar Poesía en los Bares I con los criterios de un poemario convencional sería no entender qué es. Es un documento de origen: la primera prueba pública de una voz que ya estaba formada y que, años después, desarrollaría su mejor trabajo. Vista así, la revistilla resulta extraordinariamente reveladora: casi todos los rasgos que harían grande a Antonio eMe —el humor como escudo, la imagen cotidiana cargada de sentido, la ironía sin amargura, la honestidad sobre el deseo y el fracaso— están ya aquí, en estado bruto y genuino.

El mayor mérito de este cuadernillo no es literario sino vital: existe. Alguien lo fotocopió, lo grapó, lo puso en una mochila y fue bar a bar a recitarlo. Eso vale más que muchos libros publicados por editoriales importantes.

Lo mejor: «Para siempre» es el poema más acabado y uno de los más poderosos de toda la producción del autor —la soledad personificada que pone la lavadora es una imagen que no se olvida. «Para decir tu nombre» demuestra que ya sabía construir un poema de amor desde el procedimiento y no desde el sentimiento directo. «Nanas del hombre muerto» tiene una cadencia de haiku en estrofas de tres versos que es técnicamente impresionante para una primera publicación. «La vuelta del verano» —el poema de los mosquitos— es puro cómico timing poético: el giro final del Raid en la boca es uno de los mejores remates humorísticos de la poesía española de principios de siglo XXI.

El arco del libro: arranca con humor y termina con «La primera vez», un poema que es casi un ensayo autobiográfico en verso y que concluye con la pregunta que todo poeta joven lleva en el bolsillo: «y todavía no sé qué coño voy a hacer, YO, con mi vida». No hay mejor forma de cerrar un primer libro.

Lo que aún está en formación: algunos poemas de la sección más festiva («Nana para un niño grande») están escritos más para el recital que para la página, y su humor —efectivo en vivo— pierde algo en la lectura silenciosa. El poema «Hiroshima», aunque valiente en su brevedad extrema, queda como un apunte más que como una pieza acabada. Son detalles propios de una primera entrega y en ningún caso restan valor al conjunto.

— Índice completo

Los treinta y cuatro

— La revistilla completa

Los treinta y cuatro

La revistilla íntegra, tal y como se vendía en los bares de Madrid en 2005, dividida en cinco bloques. Haz clic en cualquier título para leer el poema.

Bloque I — 01–07

Noches y bares

El territorio fundacional: la noche, el bar, el verano, el deseo, la amistad.

La vuelta del verano…

apertura · comedia de madrugada

El calor de la noche es nauseabundo, escucho, así, como entre sueños, el plan de ataque de un batallón de mosquitos. El más gordo lleva un casco cubierto de ramas y traza un plano sobre el polvo de la cómoda. Objetivo, mi sangre. Si supieran cuanto alcohol tengo en la sangre atacarían al gato. Se dividen en grupos de siete y se acercan sigilosos, rodean la cama, se posan en la almohada y reptan hacia mí. Se creen que estoy dormido, ¡ignorantes!, es hora de actuar, extiendo la mano con una rapidez estilo Matrix y agarro con fuerza el bote de Raid. El gordo, que observa todo desde el puesto de la cómoda, atrincherado tras el joyero de Belén, ve lo que hago y suelta un grito, ¡Hijo de puta! ¡Retirada! Advierte al batallón, pero ya es tarde. Abro la boca y presiono el pulsador, inundo mis entrañas con el líquido asesino y a medida que me va pudiendo el sueño pienso "Jodeos cabrones, podéis comerme el cuerpo si queréis pero nunca os beberéis mi alma".
Nota de lectura

El poema de apertura perfecto: en treinta segundos ya tienes al público comiendo de tu mano. El mosquito-general con casco de ramas atrincherado «tras el joyero de Belén» es un personaje cómico de primera línea. El giro del Raid es uno de los mejores remates de toda la obra del autor.

Lluvia a mala hostia

minipoema · diez versos, un mundo

Esta tarde de viernes, llueve fuera en la calle, el sofá que me espera grita mi nombre a voces. Pongo canciones tristes, saco un cigarro y fumo humo gris, como el día. También es mala hostia que llueva justamente cuando tú te has marchado.
Nota de lectura

La perfección en diez versos. «El sofá que me espera / grita mi nombre a voces» no necesita ni una palabra más. El final convierte el lugar común de lluvia-tristeza en algo propio, exacto y con humor negro.

Consumismo estúpido

crítica en verso visual

Ayer llegaba abril. y empezaba el verano. Jodido Corte Inglés, nos tienes engañados. Ayer volvió la lluvia, no vendían paraguas en la décima planta. ¡No vendían paraguas!

Desnuda

poema de amor · final revelador

El vestido de los días dorados se desliza lentamente hasta el suelo. Tiene miedo a caer sobre el vacío, y se engancha con tus pantys de red. El abismo inmediato se ve oscuro, y parecen surgir las tentaciones como manos que tiran hacia abajo, y la vida resiste, inútilmente, la atracción que le ejerce la desgracia. Tu sostén agota todas las fuerzas de corchetes que cumplen su trabajo, y terminan soltándose extasiados. Yo te miro, como siempre, te miro, sentado sobre el borde de la cama, y no sé qué decir. Sólo miro, como siempre, te miro, y te veo más desnuda que nunca, y sé que es el final.
Nota de lectura

El poema construye una escena erótica que en el último verso se convierte en otra cosa completamente distinta. «Y te veo más desnuda que nunca» funciona en dos registros simultáneos. El giro final es seco y perfecto.

A mis amigos

el más emotivo · amistad como memoria

Algún día, cuando pasen los años, cuando las tardes de domingo incendien las ganas de ser algo más que humanos. Cuando el fútbol importe lo que importa la lluvia de una tarde de noviembre, acordaros de mí, decid mi nombre. Cuando ocupen las casas los pequeños y nos pinten bigotes en las fotos que hicimos una tarde de verano, y borremos el número del móvil para guardar alguno de un sobrino, acordaros de mí, y de mi nombre. Cuando deje las gafas en la mesa y me frote los ojos, y bostece, y piense en afeitarme por la noche y en preparar la ropa de mañana, y en limpiar los zapatos, por si acaso, me acordaré de todas vuestras voces, de aquellas tonterías que dijimos cuando éramos aún puertas abiertas. Me acordaré de todos vuestros nombres.
Nota de lectura

«Borrar el número del móvil para guardar alguno de un sobrino» es uno de los detalles más precisos de toda la revistilla. Y «cuando éramos aún puertas abiertas» es de esos versos que merecerían vivir solos en cualquier antología.

Para decir tu nombre

amor como procedimiento · el más técnico

Para decir tu nombre primero me desvisto, me quito el mucho polvo que me queda y el poco corazón. Me peino la mirada y la lujuria, y lavo, con extrema seriedad, el verso que aún me duerme en los oídos. Me enredo en la madeja de mis llantos, que aguarda en un cajón de la coqueta, ausente, distraída, y cuento veinte veces hasta diez. Concentro los sentidos en la boca, revuelvo cosas tuyas que huelen a pasado, le hago un guiño sutil a mi presencia que araña la verdad en los espejos. Y luego sólo callo. Y callo, y siento, y callo, buscando sensaciones en mi voz, que casi no merezco, para decir tu nombre.
Nota de lectura

Un ritual preparatorio para pronunciar un nombre —como si fuera un acto sagrado— y el poema llega a su destino en el último verso sin haberlo dicho nunca. «Me quito el mucho polvo que me queda / y el poco corazón» es de lo mejor de la revistilla.

La hora de las cañas

soneto de taberna · amor y jamón

Final del día, tras la tarde eterna encerrado en el mundo y sus quehaceres, vengo ligero buscando placeres hasta la salvación de una taberna. Sentarme frente a ti, sentir tus piernas, acariciar también a otras mujeres con los ojos clavados, alfileres, en el son juvenil de su entrepierna. Qué importa lo que pase en esta noche, si tengo a buen recaudo el corazón en barras que no mienten pero engañan. Qué importa que esté molestando el coche, lo que importa es esta tapa de jamón, tus labios y la espuma de las cañas.
Nota de lectura

Un soneto de bar. Que alguien en 2005 recitara un soneto en una taberna y la gente se riera y aplaudiera dice todo lo que hay que saber sobre la capacidad del autor para manejar los registros.

Bloque II — 08–16

El amor y sus guerras

Las mentiras, las ausencias, los SMS, los besos que no llegan y los que sobran.

Asuntos propios

humor · la inspiración como excusa

Paciencia, espérame en el borde de la prisa. No tardaré en llegar, te lo prometo. Acabo dos asuntos que me asuntan y marcho junto a ti, salgo corriendo. No llames más al móvil de los nervios, que no lo cogeré, no sé cogerlo. Espera que me acabe este café, asunto uno, ya sabes que caliente no me gusta. Y reza por que venga, segundo asunto, la puta inspiración a mi cabeza.

Tus mentiras

amor con ojos vendados · uno de los más elaborados

Te conozco desde el punto de vista más desenfocado: el del amor. No sé muy bien si de verdad me quieres o es sólo que estás a gusto a mi lado. No lo sé. Al igual que desconozco si son ciertos los besos que me das o la única verdad son tus mentiras — como saben a azúcar me las trago —. No me has mostrado ni una sola vez el color de las pupilas vacías, pero yo, como soy tonto, me lo creo, y me las imagino azul celeste, con nubes dibujadas en el centro. ¡Qué torpeza la mía! Por más que me dijeron que hay que ver para creer, sólo escucho tu voz, que se cuela traviesa en mis oídos arañando mis tímpanos delgados, y llenando las trompas de mentiras. ¡Y todo me da igual! Porque sé algo que nadie más sabe, sé que me quieres con la gris dulzura de tu corazón grisáceo, bien envuelto en su gris pleura de engaños. Por eso ¿qué más da lo que me digan? Nunca nadie, con sus muchas verdades, me sacará de todas tus mentiras.
Nota de lectura

«Como saben a azúcar me las trago» y «pupilas azul celeste con nubes dibujadas en el centro» son dos imágenes que demuestran que la voz del autor estaba ya muy formada en 2005.

Para siempre

el mejor poema de la revistilla · la soledad personificada

Sólo mi soledad vive conmigo. Pone la lavadora, hace la cama, friega los platos sucios de la pila, tiende de los cordeles de la angustia sábanas que empapé con tanto llanto. Sólo mi soledad dice mi nombre, urde con artimañas desmedidas una noche de vino y por momentos sube el precio del sexo que respiro. Sólo mi soledad nace en mis labios umbilicando al mundo mis errores, versos que no salieron de su cuarto sin haber muerto antes de ser yo. Sólo mi soledad tiene mis ojos, amarillos y negros de estar sola, de vivir en la piel de mis fracasos acunando las fallas de esta frente. Sólo mi soledad sabe de mí, sólo mi soledad, porque es la mía. Sólo mi soledad vendrá conmigo cuando se cierre el libro de los días.
Nota de lectura

El mejor poema de la revistilla y uno de los más sólidos de toda la producción del autor. La soledad que pone la lavadora funciona simultáneamente en lo cómico y en lo elegíaco. La anáfora de «Sólo mi soledad» es una letanía que se carga de matices. El último verso cierra sin grandilocuencia y con exactitud total.

De tanto sabernos

el más musical · cuartetos perfectos

Nos sabíamos tanto, que de tanto sabernos me olvidaba a menudo de seguirte aprendiendo. Nos sabíamos tanto, tanto a fuerza de besos, que por no descubrirme me inventaba secretos. Nos sabíamos todo, las esquinas del cuerpo, callejones del alma, el final de los versos. Nos sabíamos tanto que de tanto sabernos aprendimos de golpe a dejar de aprendernos.
Nota de lectura

La paradoja del exceso de conocimiento como forma de ignorancia. Cuatro estrofas, un solo hallazgo, queda para siempre. Este poema apareció también en «Comida con amigos» (2026), con un verso añadido por Rubén Fuentes.

A la memoria de… (Bagdad)

poema político · soneto de denuncia

A la memoria de aquellos a los que el gobierno español envió a Bagdad para que fueran asesinados. Hoy la muerte se oculta tras banderas que pintan de paz lenguas criminales. Matadme aquí en mi tierra, en sus aceras. Secad la voz que empaña los cristales que esconden la verdad de la crudeza. Matadme aquí en mi calle, en sus portales. No triunfará jamás vuestra tristeza, ni será roja el agua de los ríos mientras mis versos vistan de entereza. Matadme aquí en Madrid, junto a los míos.

Fama

querer ser recordado · el taxidermista

Quisiera quedarme aquí para siempre. Seguir viendo el final de aquella calle. Quisiera ser eterno, recordado por algo más que el buen tipo que fui. Quisiera que mi nombre se grabara sobre una chapa de latón ahumado, y que resaltaran la cruda fecha de mi muerte. De mi agónica muerte. Quisiera que el sol frotara mi espalda y la dejara libre de impurezas. Y que los niños jugaran al hinque sobre el barro que arrastran mis zapatos, mientras, yo, me callaría sus trampas. Quisiera seguir vivo más allá de mi tiempo y de mi precariedad. Pero creo que va a ser imposible, no encuentro en las páginas amarillas el teléfono del taxidermista.
Nota de lectura

Un poema sobre la inmortalidad que termina buscando al taxidermista en las páginas amarillas. El remate es perfecto: desinfla toda la épica anterior con un gesto cotidiano y ridículo que, paradójicamente, dice más sobre el deseo de durar que cualquier verso solemne.

Regreso

la ruptura en lista de la compra

Mañana volverás con el Colgate a cuestas, con el Panten Pro-V y con el Ajax pino. Traerás también la escoba, el cubo, la fregona, el Pronto y las bayetas. También traerás tu sexo. Pero no vale, no. Me acabo de dar cuenta que no quiero que vuelvas.
Nota de lectura

Uno de los minipoemas más logrados. La lista de productos de limpieza crea un efecto de acumulación doméstica que hace que «También traerás tu sexo» sea completamente inesperado y devastador. Y el giro final desmonta todo lo anterior.

Viernes

oda al día salvavidas

Viernes, ayudas a este triste Robinsón en el destartalado mundo de su desierta isla Semana. Viernes, que me cambias las calles de color, el cielo de lugar, y la mente de obsesión. Viernes, que me empujas al vacío de tu noche, a buscar entre la selva bellas fieras que quieran compartir lecho en mi coche. Viernes, que te alargas en tu sombra tantas horas para perderte después sin un adiós y dejarme, con el lunes, a solas.

El beso de la flor marchita

elegía de despedida

Hoy sentí el frío en mis labios, miré hacia atrás, vacía la calle, vi el silencio de tus pasos y vi el adiós de aquella tarde. Quedé mirando al sol que muere, y no pude hacer nada, y no pude llorar porque no pude besar aquellos labios que besaba. Sin ti, hermosa flor que un día, fragante del jardín, corté su tallo, en mi mirar atrás hoy sólo hallo el beso de una flor que se marchita dejándome su hielo, aquí, en mis labios.
Bloque III — 17–23

Noche adentro

Los SMS, los hombres que mueren, los abuelos, las horas largas y Hiroshima.

Tu ausencia en 3 SMS

ausencia · el tripoema

Que tu ausencia es un viento del norte que me hiela los pies y las manos, que me deja la boca sin nombres y me llena los ojos de espanto. Que tu ausencia es la puta locura de los locos que no tienen suerte, que te vas y me dejas a oscuras y se ciegan mis ojos sin verte. Que tu ausencia me encarga tristezas que se instalan calladas en mí, y se arrastran entre mis rarezas, y después no me dejan dormir.

Nanas del hombre muerto

haiku en tercetos · el más técnicamente ambicioso

Frisaba los sesenta, creció con Borges, tocaba en la guitarra grises acordes. Tenía canas y el vicio incurable de la desgana. Hablaba con las fotos en blanco y negro, respuestas en su mente de amigos muertos. Marcos de bronce guardaban sentimientos de aquellas voces. Fumaba, por fumar, Lucky sin filtro, adoraba el alcohol y algunos libros. Sus borracheras eran llorar cantando lágrimas negras. El invierno y sus cortas tardes de enero, comieron a bocados su gris sombrero. De negra lana, oveja de rebaño, mal amansada. Se marcharon sus ojos, vuelo infinito, un hilo de cometa fue su destino. Vientos del norte se llevaron los labios de tu soporte. Vacía habitación, cama vacía, vacía su memoria sedienta y fría. Llenaste el aire de notas porque sueñas que ella te baile. Soledad en el suelo, vertida y pobre, su traje en el armario, siempre es de noche. La voz perdida te dedica una nana de llanto y risa. Callejones con gatos, maullido triste, y la luna le alumbra mientras se viste. Trapo de pino te llevará mañana por gris camino. El silencio se adueña de su verdad, melodía solista con mal final. Duerme, infeliz, que está buscando un taxi tu muerte gris.
Nota de lectura

Tercetos que alternan con haikus, creando un pulso de hombre que se apaga. Lucky sin filtro, Borges, marcos de bronce, lágrimas negras: un retrato sin sentimentalismo. «Tu muerte gris está buscando un taxi» es el cierre más original de la revistilla.

Abuelos

sin puntuación · tiempo sin pausa

Cuando lleguen los años venideros Que vendrán seguro de ahí su nombre Me hallarán con un vaso entre los versos Bebiéndome la vida que me sobre Cuando lleguen las fallas de los besos Y ardamos como lo hace un joven bosque Y las llamas nos coman los adentros Y nos dejen sin ojos las feroces Y estúpidas canciones de los muertos Y la vida no escuche nuestras voces Y los miedos no tengan ningún eco No seremos más que depredadores Que esperan a los años venideros Sentados en un banco de mal roble Tirados en la vida como perros Que espantan con el rabo sus temores Y lamen la verdad de su momento Entonces como siempre sólo entonces Acabarán los años su trayecto

Es en estas horas

las horas del bar · el amor y el fracaso

Es, en estas horas, cuando el sueño no encuentra su camino, cuando estrellas desnudas nos vigilan, cuando espero la señal de tu mirada. Es, en estos ratos, cuando el humo del tabaco viste el aire, cuando un güisqui derramado da paso al siguiente, más cargado, cuando hurgo en el desorden imperial de mis adentros por encontrar el valor para acecharte. Es, en estas noches, cuando miro hacia el fondo de la barra, y tú, radiante, grande, altiva y bella me niegas el favor de tu mirada. Es, en estos tiempos, cuando aprendes que el dolor es sólo eso, cuando brota de la herida nervio y rabia y no quieres cerrarla con tus besos. Cuando entiendo que el amor es noble juego de estrategias, azares y misterios. Es, en estas cosas, cuando el alma revienta en mil pedazos, cuando el sol hace de madre improvisada y me manda a la cama del fracaso, sin un beso en la frente, ni en la cara... ni en los labios.

Hiroshima

el poema más breve · dos versos

El día 6 de agosto de 1945 un B-29 norteamericano dejó caer una bomba atómica («Little Boy») sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Perecieron cerca de 200.000 personas. El cielo ha caído sobre la tierra. Lo hemos alcanzado antes de morir.
Nota de lectura

El poema más corto y, en su contexto, uno de los más valientes. Dos versos después de una nota histórica que pesa como una losa. A veces el silencio es el poema.

El poema más bello del mundo

el más largo y el más redondo · narrativo

Yo quería escribir el poema más bello del mundo, describir la belleza desnuda en un par de palabras, recitar nuestra historia de amor a la luz de una noche. Pero el nervio incendiaba cigarros y la mente se helaba a destiempo. Yo quería contar los momentos que no conté nunca, la ventana de un bar que esperaba cerca de las doce, una mesa, un café, tus apuntes, mis ganas de verte. Yo quería probar de tus labios tu alegre impaciencia, escuchar de tu voz como andaba el humor de tus padres, ¡vaya mierda de yerno les diste! incapaz de escribir el poema más bello del mundo. Yo quería ponerte la vida en las manos abiertas, dibujar en tus ojos la imagen de un campo de versos, atraparte en el centro de un mundo con núcleo dorado, pero nada salió de mis manos. Yo quería vivir a tu lado en un libro dormido y sentirnos eternos viajantes por sueños ajenos, habitantes tú y yo del poema más bello del mundo. Pero no era el destino aliado de aquellos momentos ni las musas estaban dispuestas a jugar conmigo. ¡Vaya mierda de musas que gasto! Yo quería correr de la mano por las calles viejas de un Madrid que miraba asombrado los primeros besos, pero no hubo guitarra escondida que dijera nada, y otro güisqui vertido hasta el fondo apagaba mis ojos cansados. Desperté con la cara apoyada en un folio arrugado, con resaca de no haber escrito lo que me propuse, con mi boca diciéndome a voces que le diera agua. Dejé el vaso en el cuarto de baño. Me quité la ropa, me fui al dormitorio, me olvidé de escribir el poema más bello del mundo. Levanté la persiana amarilla que te defendía de esos rayos cabrones de sol que iluminan todo, y allí vi tu cuerpo, sin cubrir apenas. Vi tus pechos nuevos llamándome a gritos, tu cadera estrecha, tus piernas pausadas, desnudez aguda con sonrisa leve. Me miré en el espejo del fondo y observé mi cara, dibujé otra sonrisa en mi boca y entendí la vida, entendí que esa noche negada como tantas otras Dios había traído a mi cama el poema más bello del mundo.
Nota de lectura

El mejor arco dramático de la revistilla. El poeta fracasa en escribir el poema que quería y encuentra sin buscarlo algo mejor. «¡Vaya mierda de yerno les diste!» es el verso más inesperado y el más honesto. El remate es emotivo sin ser cursi, que es exactamente lo más difícil.

Pobreza

soneto de amor en deuda

Sólo nos queda amor en la cartera, sólo gotas de lluvia en los zapatos. Sólo restos de nada en la nevera. Un viejo ordenador, un par de gatos, un disco de Serrat que ya no suena, y una pared desnuda de retratos. Sólo me quedas tú, siempre verbena, sólo te quedo yo, siempre fracaso. Sólo nos queda amor para la cena y un futuro que no nos hace caso.
Bloque IV — 24–30

Lo que duele y lo que hace reír

La muerte, la nana gamberrana, el amor en mayúsculas, los mordiscos y los poemas para niños.

Qué extraña sensación la de la muerte

desde dentro · voz del muerto

Se me han quedado fríos los motivos Y no puedo mover las intenciones. Qué absurda realidad la del silencio En esta caja oscura que me guarda, Haciéndome cosquillas en los pies. Qué ingenua tentación sentirse solo, Querer borrar con besos otros besos Que quieren recordarme que estoy vivo.

Variación comprensiva de «Invitación irrevocable al desalojo»

poema de ruptura · el más largo del bloque IV

Variación sobre un poema de Román Piña Comprendo que te duela comprender esta vida, callarte los momentos en que fui la persona que siempre deseaste. Ese amigo impasible que nunca se alteraba, que nunca discutía, que nunca, nunca, nunca fue igual a los demás. Comprendo tus miradas repletas de agujeros, dolores infinitos de ese mundo vacío que tenemos por alma. Comprendo las palabras que saltan por tus labios corriendo en dirección a un futuro distinto, escapando de ti. ¿Hubiera sido otro sin tu piel a mi lado? sincera y tenazmente creo que no, te lo juro. Curiosidades mismas de la vida, ya ves, lo que ayer admirabas hoy muerde los despojos, con dientes asesinos, de este hombre que soy. Comprendo que te estorbe mi presencia en la cama, las caricias dormidas en mitad de algún sueño que lucho por borrar de esta torpe memoria que, a veces, muchas veces, casi siempre, se encarga de advertirme que te quiero. Las llaves las dejé donde no estuvieron nunca, en su sitio. Ahora da lo mismo todo lo que te diga porque sé que no estás escuchando tras la puerta, estarás en el baño pegando puñetazos a la puta ventana, la que no cierra bien, la que nunca has cerrado porque no daba a nada. No te canses buscando mi cepillo de dientes, ya te ahorré ese trabajo, me lo llevo conmigo, ya sé que no te gusta, yo le tengo cariño, no sabrás el porqué, siempre olvidas las cosas. Lo ves, fui tu memoria. De los dos sólo yo recuerda que, una vez, mientras yo me duchaba tú te lavabas la boca con él.

Nana para un niño grande (o sea, para mí)

la más gamberrana · humor sin filtro

Debe ser que soy tonto o gilipollas. Siempre meto la pata y doy la nota. Vida y castigo. Sueño con esta noche dormir contigo. Llegará al fin el día de ser mayor. Llegará la mañana sobre un colchón. Vendrá el final de la infancia ignorante que fue mi mal. Si me dieras tu mano la cogería, si quisieras joderme me dejaría. Tú me puteas ¿qué iba a hacer un putón? si además es fea. Sé que quieres besarme, yo no me dejo, primero me calientas, luego no hay sexo. Pero tus tetas, si pudiera comerme ese par de berzas. Dices que soy un crío, que no maduro, porque no has visto aún mi miembro duro. Presta atención que el puente levadizo ya se subió. Duerme, mi niña, duerme, duerme y descansa, que cuando estés dormida me haré una paja. Bien sabe Dios que si escucho ronquidos ya me hago dos.
Nota de lectura

El poema más gamberro de la revistilla y también el que más éxito tenía en los recitales, según se adivina por su posición central. Escrito para reírse, para provocar, para ver las caras del público. Hace exactamente lo que promete.

Amor en mayúsculas

todo en caps lock · el amor a gritos

MI AMOR ES UN AMOR EN LETRAS GRANDES, SIN COMILLAS NI ACENTOS, SIN MINUSCULAS. ES UN AMOR QUE SE VE DESDE LEJOS SOBRE EL CLARO HORIZONTE DE UN PAPEL QUE ESPERA QUE ALGUN DIA TU LO LEAS. AMOR CON POCAS COMAS Y ALGUN PUNTO Y UNA FUERZA MAYOR A LA DE UN VERSO, SENCILLO QUE NO SIMPLE, INSPIRADO EN LA GRANDEZA DE COSAS PEQUEÑAS. ES UN AMOR SOBRESALIENTE Y DULCE COMO UNA ENORME TARTA DE FRAMBUESAS QUE AGUARDA EN LA NEVERA A QUE LA PRUEBES. AMOR DE CUATRO LETRAS Y DOS SILABAS QUE SI SE LEE AL REVES DICE ROMA Y LEIDO AL DERECHO DICE TODO. MI AMOR ES UN AMOR PRUDENTE Y CAUTO QUE SOLO PUEDO ESCRIBIR EN MAYUSCULAS PARA QUEDARME TRANQUILO, SEGURO DE QUE NO HAYA LUGAR A CONFUSIONES EN EL PRECIOSO INSTANTE EN QUE TUS OJOS SE DESLICEN LENTAMENTE SOBRE EL.

Mordiscos

los dientes de papel · elegía del alma encasquillada

La esperanza es lo último que se muerde, no me quedan ya dientes de papel, solamente un par de alas amarillas, solamente un par de alas sin plumar. He vertido agonía sobre el suelo y he manchado mi absurda realidad. No me quedan más sueños que los míos y hace tiempo que no puedo dormir. He querido poder volver a verte, he querido volver a ilusionarme, he querido volver, y no volver nunca más a jugar a las caricias. No merece mi piel tus santas manos ni la humilde presencia de tus nervios. He querido matar este futuro que sonríe detrás de las cortinas, y he quedado confuso y distraído con el llanto de mi alma encasquillada. No nacieron del viento mis poesías, ni mis lágrimas, ni mi estupidez. No nacieron del viento, sí nacieron de los días calados con tu ausencia, de las gotas de rabia que dejó. No me quedan ya dientes de papel, solamente un par de alas sin plumar, y una extraña esperanza de mordiscos comiéndose mi negro corazón.

Mi gata cegata

para los niños · la gata que aprendió a leer

Mi amiga la gata No sabe leer, Como está cegata No pudo aprender. Lo intentó su madre Con unas letritas Que le hizo su padre De madera frita. Pero mi gatita No las pudo ver, Porque sus gafitas Eran de papel. Lo intentó su hermana Con un libro inmenso, Todas las semanas Tres o cuatro intentos. Pero mi gatita No prestó atención, Porque mucho grita Su hermana mayor. Lo intentó mi perro Con patita dura Con letras de hierro Como una armadura. Pero mi gatita Se subió a su tronco Le asustaban mucho Los ladridos roncos. Lo intentó su novio, Un gatito persa, Sin prisas ni agobios, Con mucha paciencia. Y por fin mi gata Aprendió a leer, Aunque está cegata, Sigue con su pata La Q de querer.

El cisne en su tristeza

para los niños · amor imposible junto al lago

El cisne, en su tristeza, no deja de pensar en su desgracia. Llegó a su corazón el canto de una joven cisne guapa. ¡Ay! Como oyó su voz. ¡Ay! Como la escuchaba, y lágrimas de amor caían sobre el agua. "Sé que no me miró, porque nunca me mira, el sueño de su canción es un cisne guapetón que vive junto a la orilla" El cisne, en su tristeza, escucha su canción junto a la luna y agacha la cabeza. "Maldita noche oscura no me dejes ver nunca su belleza" ¡Ay! Como oyó su voz. ¡Ay! Como la escuchaba, y lágrimas de amor caían sobre el agua.
Bloque V — 31–34

La historia del poeta

El final de la revistilla: la voz, la rosa, la primera vez y la historia de un poeta de barrio.

Tu voz

intimidad total · el más delicado del final

Tu voz habla de mí como del tiempo, como de una mañana de domingo de luchas y de risas en la cama, como de un verso roto en la mesilla que siempre quedará sobre la noche cubierto con el velo de algún beso. Tu voz cerca la patria de mis manos y le pone frontera a tu cintura, y tus pechos ondean bajo el viento del azul infantil de mi mirada. Yo sé que lo soy todo, soy todo sin ser nada, sólo nada, la nada que me crece en la cabeza, o aquella que dibujas en tu vientre, la nada, sólo nada. Pero tu voz, tu voz convierte todos mis vacíos en el agua primera de la vida, y me inunda hasta el fondo de los huesos, y rellena los lunes por la tarde, y me cansa de amor hasta dormirme.

Una rosa en el coño

el más directo · historia de seducción e inevitabilidad

El humo de un cigarro, La volátil sombra de una noche partida. Una alfombra de esparto que ella pisoteó siempre a su antojo. Una cometa grande dependiente del hilo de unos ojos profundos. Un ser casi invisible, un bolso que ha pasado ya de moda. Eso fui para ella. El frasco de un perfume regalo de esa tarde de domingo que ahora duerme en el fondo de un cubo de basura. El errante navío de un cuerpo sin bandera que salía a la calle a buscar otros años y no encontraba más que alguna sombra encadenada al tacto de una piel. Cuántas veces me marché de su lado sin llegar más allá de la inútil esquina que separa mi celda de las otras. Cuántas veces me escondí de sus ojos, de la red que tejían sus palabras, de la isla perdida de su cuerpo. Cuántas veces terminé para siempre, y siempre volví a ella porque ella siempre tuvo una rosa en el coño.

De primeras dadas

el más largo y narrativo del final · noche de mus y recuerdos

Hoy he vuelto a beber, sin querer, pero he vuelto a beber. He perdido mi frágil voluntad por el camino solitario que me trajo, aquél hasta aquí me llegó, y a la puerta de un bar, como una madre olvida a un hijo a la puerta de un colegio, me soltó. Hoy he vuelto a beber, y tú no estabas. Estaban aquellos que se autollaman amigos, aquellos que me emborrachaban cuando era joven, eran ellos porque yo no quería, yo nunca quise beber, pero bebía. Hoy he vuelto a perder, años ha que no perdía. Era uno más de la infinidad de campeones de mus que hay en Madrid, y mira que hay. Pero he vuelto a perder, será la suerte. Hoy he vuelto a esperar, borracho al final de la partida. Hoy te he vuelto a esperar y alivio, al fin venías. Y al verte que llegabas soñé con el ayer, causa de envidia, soñé con años menos y decías: "Llévame a un rincón oscuro donde nadie nos observe, donde nadie nos escuche, donde nadie haya ido nunca", y yo te llevaba, paraba el motor y tú te desnudabas y yo me desvestía y hacíamos el amor hasta el orgasmo, después un cigarrillo y hala, repetía. (suspiros) Hoy he vuelto a soñar, despierto como siempre, pero he vuelto a soñar con aquellas noches, principios de los días, con aquellos besos, lujuria incontenida, con aquellos pechos guardados en la piel de tu camisa y yo me los comía, y no dejaba nada, y nada te ofrecía, sólo mi diminuto sexo que a veces se hacía grande y luego, con el frío, se encogía. ¡Cuánta loca pasión! Después tú te vestías y yo no me ponía el pantalón ¿para qué? se había pringado con el jugo del amor, que digo jugo, era semen. Arrancaba el motor de mi beequis medio en bolas y caminito a tu casa, qué coño a tu casa, a tu palacio, las princesas viven en palacios. "Cariño, hasta mañana. Me tienes loca, cabrón, ¡ah! mañana si te acuerdas trae condón," "lo que tú digas mi amor." Hoy he vuelto a olvidar, mientras te veía llegar, hoy he vuelto a olvidar. Maldita sea la puerta de este bar y el eco de tu voz que me decía: "¿Otra vez borracho, pedazo de cabrón? y eso que ya no bebías."

Historia de un poeta (I) + La primera vez

el cierre · autobiografía de barrio y declaración de vida

Historia de un poeta (I) Mi infancia son recuerdos de un barrio de extrarradio, de tardes de verano haciendo gamberradas hasta que empezaban a verse las estrellas, de mañanas de río y de petardos colocados adrede en las persianas bajadas de algún bajo, de bollos en la Andrea, que luego pagaría mi madre, de cromos en la Luisa, intentando encontrar a Urtubi, fichaje 22 bis, de saltar los setos de los jardines hasta que llegaba el Guri, y tocaba salir por patas y esconderse encima de la caseta de la luz hasta que el bicho volvía a sus quehaceres. Mi infancia, al fin y al cabo, no son más que cosas de niñez, pequeñas cosas que ahora me cuesta recordar, aunque hay algunas que no se olvidan nunca, como aquella excursión a la montaña, a descubrir las cuevas que decían de la guerra, con una linterna para siete y ninguna pila, también para siete. Con el alegre camino de la ida y el olvidado camino de la vuelta, y la noche amenazando nuestros rostros con paternas bofetadas, y todos los vecinos en patrullas buscando a siete niños gilipollas que no sabían volver de su aventura. Mi infancia es un seiscientos amarillo atropellando al Caraespátula, dejándole sin piños y aislado dos semanas en aquello que llamaban sanatorio. A cambio de la operación antiestética sus padres le regalaron un comecocos con luz que se veía en la oscuridad. A la semana siguiente Pedrito, al que su padre llamaba a silbidos desde la ventana como si fuera un perro, se quiso tirar delante de un autobús porque, como era más grande que el seiscientos, igual su madre le compraba los videojuegos de Atari. Mi infancia fueron unos bancos nuevos donde jugábamos a burro con las cartas, y el Gafe haciendo estúpidos conjuros para que le vinieran los barbas, y le venían, y el Tinín trayendo lagartijas en un tarro de cristal, y el Andaluz que tenía un tío policía, y el Tuercas con su bicicross con marchas hostiándose un día sí y otro también, y el Rumenigge que nos dejaba a todos sentados y luego metía gol con el tacón, y muchos otros a los que sus padres desterraron a la capital con la promesa de volver. Fuimos tantos niños felices que sería imposible recordarlos a todos. Y niñas, también teníamos niñas jodiéndonos los juegos y los corazones. La Rocío era un bombón, tan guapa como chantajista, si queríamos que ella jugara teníamos que dejar jugar también al Edu, su hermanito pequeño. También estaba la Chelele, que venía del colegio cargada de tizas para ponernos deberes en la puerta negra de la caldera, y su hermana la Mari, mayor que ella y con más tetas, que ya había dado algún beso con lengua. Y Estrella, con la cara llena de pecas, que tenía loquito al Juan, que siempre ganaba en los concursos de eructos, y la Sandra, que lo único que tenía eran hermanos muy mayores, uno de ellos el Pollito, que nos tenía a todos acojonados. Recuerdo a Paquito y su balón de reglamento, fugaz y efímero como las tardes de invierno. Fue el primer balón de reglamento que hubo en el barrio, hasta entonces sólo habíamos tenido pelotas de goma blanda, o dura, y su visión fue como si hubieran puesto ante nuestros ojos la mayor de las joyas de la corona. Al minuto el Rumenigge había metido el primer gol. Sacaron ellos y el balón cayó a los pies de Javi, el ojos, que por aquel entonces ya era portero del Alcalá y medio metro más alto que nosotros, éste le pegó un patadón descomunal y el esférico sobrevoló nuestras diminutas cabezas. La pelota desapareció bajo el cuerpo rojo del autobús y un segundo después se escuchó una explosión sorda que vistió todo el barrio de silencio. Paquito apareció de entre la multitud, con los ojos brillantes. Se dirigió a la carretera y allí, sobre el asfalto, estaba el cadáver de su regalo de reyes. Lo tomó en sus rechonchas manos mostrando su cuerpo ya sin vida, y sin aire, cogió el camino del portal. Lo que antes hubo sido un desfile militar se convirtió entonces en una comitiva fúnebre. Tiempo después empezamos a recibir visitas de chicas de barrios lejanos, a fumar a escondidas, a jugar al baloncesto y a beber los primeros litros de cerveza. Pero esas son otras historias que ya contaré en revistillas posteriores, aunque el principio de mi poesía se encuentra verdaderamente en todos y cada uno de los personajes que me ayudaron a ser feliz durante la dura infancia de aquellos maravillosos años.
La primera vez Las primeras canas comienzan a asomar en el panorama oscuro de mi barba. Al igual que los primeros dientes lo hicieron, sin recuerdo, en la pueril pobreza de mi boca. Como los primeros pasos con mis manos vacías de otras manos instructoras fueron siempre tropezones y mentiras. Fue así que tomé a Dios mucho después de haber recibido, con la astuta entereza de mi infancia, mis primeras hostias. O cómo el primer beso de la suerte me embadurnó de sueños la primera tarde que la vi. Y así, como la muerte de mi padre hubo sido, para siempre, la primera de todas mis muertes. Como el primer vello en el pubis, que escondí horrorizado, y hoy tiendo de sus rizos, con pinzas perturbadas, las ganas de encontrar observadora. Como la primera vez que fui mayor y me emborraché de trampas y requiebros al horario inquisidor de mi regreso. Y aquella vez primera, cuando mis primeros versos, paridos de la incomprensión estéril cayeron enfermos en un cajón vacío de la memoria. O cómo el primer polvo sin condón no fue más que una llamada a gritos al primero de mis hijos. Siempre ha habido primeras veces, pero ésta, sólo ésta, es la primera vez que pienso que me estoy haciendo viejo y todavía no sé qué coño voy a hacer, YO, con mi vida.
Nota de lectura

«Historia de un poeta (I)» es la crónica de una infancia de barrio que es al mismo tiempo la explicación de por qué existe este libro. «La primera vez» es la pregunta con la que termina. La respuesta implícita es el cuadernillo que tienes en las manos.

— Contexto e historia

Cómo nació la revistilla

Comenzando el siglo XXI, un poeta madrileño al que sus amigos ya llamaban «el Buscador de Versos» empezaba a dar sus primeros recitales en bares de Madrid. Necesitaba algo que vender, algo que dejar en las manos de la gente que escuchaba. No había editorial que lo publicara ni presupuesto para hacerlo «bien». Así que lo hizo mal, en el mejor sentido posible: lo fotocopió, lo grapó y lo vendió a precio de caña.

Poesía en los Bares fue esa cosa. Una revistilla tolerante y desenfadada, como dice su propio subtítulo, que no aspiraba a la eternidad sino a que alguien se riera, o se reconociera, o le pasara el cuadernillo a un amigo con un «mira esto». Es la primera publicación de Antonio M. Moreno, antes de que se convirtiera en Antonio eMe, y en ella están ya casi todos los hilos de los que tiraría en los años siguientes.

La portada —las letras de POESIA EN LOS BARES formadas con las teclas de un ZX Spectrum— es también un manifiesto: poesía de código abierto, de teclado de plástico, de pantalla de televisor, de barrio. No de academia.

«Gracias por ayudar a combatir el hambre del poeta. Gracias por luchar contra la pobreza. Gracias por leer poesía. Gracias por todo. Gracias.»
— Antonio M. Moreno, colofón de la revistilla, 2000