← Volver a la web principal Los pétalos pares de las margaritas — Antonio eMe
Portada de Los pétalos pares de las margaritas, de Antonio eMe

ELLA ediciones · Antonio eMe · 2016

los pétalos pares de las margaritas

Antonio eMe

«Pocas cosas hay en esta vida que puedan resultar más trágicas que los pétalos pares de las margaritas.» Un poemario que abraza, ríe, aprieta y piensa: amor, ironía, política, identidad y la desnudez honesta de quien escribe para sobrevivir.

ISBN 978-84-608-5111-0 Premio ASEAPO 2015 150 páginas Más de 60 poemas
— Valoración literaria

Un poemario que sobrevive
a su propia variedad

Los pétalos pares de las margaritas es un libro que existe como existen las personas que lo leen: con contradicciones, con saltos de registro, con momentos de genialidad y con otros que quedan a medias. Es, en ese sentido, un libro vivo. Antonio eMe no construye desde el distanciamiento estético sino desde la implicación total, y eso se nota en cada página: la voz nunca simula ni esconde, ni cuando hace reír ni cuando aprieta.

El libro recoge más de sesenta poemas de extensión y naturaleza muy diversa: poemas brevísimos de un solo verso que actúan como aforismos o jabs de humor, poemas narrativos de larga extensión con personajes, diálogos y escenas, poemas de amor en sus múltiples registros (la euforia, la pérdida, el olvido, la dificultad cotidiana), poemas de crítica social y política, y un puñado de piezas de aliento largo y ambición literaria mayor. Esta variedad es tanto la mayor virtud del libro como su principal riesgo editorial.

«Pocas cosas hay en esta vida que puedan resultar más trágicas que los pétalos pares de las margaritas.» — La frase-epígrafe que abre el libro define su método: encontrar la gravedad donde nadie la esperaba.

Lo mejor del libro: la voz. Antonio eMe tiene un tono inconfundible: irónico pero afectuoso, directo sin ser llano, capaz de reírse de sí mismo justo antes de decir algo que duele de verdad. «Por pedir que no quede» es un poema de alta ambición que sostiene su extensión sin perder tensión. «La casa encantada» construye con paciencia un universo interior complejo. «Inventario de olvidos» es una elegía al poeta como figura necesaria que trasciende con mucho la autocomplacencia del género. «La fábrica de tontos» denuncia la alienación con imágenes propias, sin panfleto. «Miedo» es el poema emocionalmente más honesto del volumen y probablemente el que más perdure.

El humor como estrategia: algunos de los mejores momentos del libro son sus poemas más breves. «Crisis», «Amor casi eterno», «El fin del mundo», «Fracaso escolar», «Sistema métrico», «Amor en escabeche», «Ego me absolvo»: cada uno de estos minipoemas funciona con la precisión de un cuchillo de cocina bien afilado. La brevedad no es pereza aquí; es oficio.

«La distancia que hay / entre un beso y el siguiente / sólo puede medirse en ganas.» — Sistema métrico. Tres versos. Un poema completo. Eso es oficio.

El proyecto artístico más amplio: el libro incluye, en su sección final «Y se hicieron canción», las versiones musicadas de algunos poemas por parte de Rubén Fuentes y Fito Mansilla, además de las letras de canciones propias. Esta apertura hacia lo musical y lo coral enriquece el volumen y lo convierte en algo más que un poemario: es un documento de un proyecto creativo colectivo, de una forma de entender la poesía como cosa viva, oral, compartida.

Zonas de mejora: la heterogeneidad del tono —que es también su mérito— hace que algunos poemas de ocasión o de registro más ligero queden desplazados junto a piezas de mayor calado. «Consejos para escritores», divertido y lúcido, se siente algo largo para lo que propone. Algunos poemas de amor más cortos en la sección central quedan a medio camino entre el epigrama y la reflexión sin llegar a completar del todo ninguno de los dos. Son detalles menores en un conjunto de notable madurez.

En conjunto, Los pétalos pares de las margaritas es un libro para releer por partes, para recitar en voz alta, para pasar a alguien con un señalador en tres o cuatro páginas distintas y decirle «mira». Tiene la honestidad de quien escribe porque no puede no hacerlo, y esa honestidad es la primera condición de toda buena poesía.

— Estructura y universo poético

El libro y sus capas

Más de 60 poemas estructurados en un volumen sin secciones formales, con prólogo de Rubén Fuentes, mediólogo de Fito Mansilla y epílogo de Alberto Ballesteros. El «MeQuiereNoMeQuiere» que separa cada bloque actúa como leitmotiv visual del libro entero.

— Selección de poemas

Para leer sin prisa

Diez poemas elegidos entre los más representativos del libro: los que mejor demuestran el rango, la voz y el pulso de Antonio eMe. Haz clic en cada título para abrirlo.

Por pedir que no quede

Poema de largo aliento · uno de los más ambiciosos del volumen

Los viernes por la tarde recito en El Retiro. Cuando acabo el poema pido la voluntad, o un beso. También he pedido que se acaben las guerras y que el hambre del mundo por fin desaparezca. Por pedir que no quede. Pero, por lo visto, no está la gente dispuesta a dar más que las gracias o la hora, y no siempre. Cuando acabo un poema empiezo otro, y luego otro, y así, entre versos y más versos se me va el tiempo pidiendo. Aunque no pido nada para mí. Bueno, algo sí, de vez en cuando pido un abrazo. Pero no uno cualquiera, sino uno de verdad. Uno de esos que duran más de siete segundos, de los que se quedan marcados en la piel durante varios días, y ni una piedra pómez, por mucho que se frote, es capaz de sacarlo. Una vez pedí pan y me llamaron tonto sin siquiera saber si el pan era para mí o para darles de comer a las palomas, que las pobres están, últimamente, sin ramita de olivo que llevarse a la boca. […] Me cruzo con un niño que se acerca sonriente mientras toma, con fuerza, la mano de su madre. Ella tira con furia de su brazo pequeño, le separa de mí, se le cambia de mano, al tiempo que se agacha sobre su hijo y le dice "No. No le mires, amor, es un pobre que pide". Entonces, el niño, clava sus ojos con rabia en los ojos sin gracia de su mísera madre e impotente se agarra con fuerza y en silencio, a esa mano que es guía de su sombra y sus pasos. A la vez que me mira, de nuevo, sonriente, y se aleja contento porque ahora, al fin, sabe que el hombre despeinado con su verso y su gorra, el que pide imposibles los viernes por la tarde, el que vive con fe de que el mundo un día cambie no es el ser más horrible ni más pobre en esta historia.

Nota de lectura

El más largo y uno de los mejores del libro. Combina autorretrato costumbrista, humor oscuro y crítica social con una escena final de gran potencia moral: el niño que ve lo que su madre no puede ver. El poema opera por acumulación —peticiones, fracasos, pequeños humillaciones— hasta que el giro final con la madre y el niño lo eleva a algo más hondo. El remate es uno de los mejores del volumen.

Miedo

El poema emocionalmente más honesto del libro

Tengo miedo a dejarlo todo. Miedo de no dejar nada. Me da miedo apartar algunas cosas del camino, miedo el propio camino, y miedo no saber qué cosas apartar. Tengo miedo de dormir contigo, miedo de que no duermas a mi lado. Me da miedo besarte y que no sientas, me da más miedo aún que seas tú quien me beses y no sentirte yo. Pero, sobre todo, si hay algo que me aterra, algo que descompone todo lo que estructura mi interior, algo que echa por tierra la valentía supuesta, las bisagras que engarzan mi coraza, los latidos, sin más, del corazón, algo que me da miedo, mucho miedo, es verme en un futuro —qué importa si lejano— sentado junto a ti, los dos callados, al borde de un abismo oscuro e infinito, que el aire sea silencio y hormigueo en los dedos, y que nada me asuste, que nada me dé miedo.

Nota de lectura

El gran poema de amor del libro y también el más filosófico. La acumulación de miedos antagónicos construye una paradoja perfecta: el miedo mayor no es la pérdida sino la indiferencia, no que la relación se rompa sino que deje de doler. El verso final —«que nada me dé miedo»— es de una honestidad brutal. El poema que más perdura de todo el volumen.

La casa encantada

Poema de largo aliento · vida interior y salvación

Vivo en una casa normal, abierta a escasas claridades, al silencio que se derrama lento por paredes y suelos. En una casa normal en la que apenas, nunca, ocurre nada. Malvivo en una casa desquiciada, con una herida abierta en su madera y un techo que no deja de acecharme. Vivo en una casa gris, apagada, donde el color aguarda a las espaldas de una puerta que parece ser hielo, esconde los lamentos de este lado, del otro los sonidos de la vida danzan igual que enloquecidos duendes. Vivo en una casa fría, por momentos una casa polar donde la sangre se congela y se cansa de regar esta insana pereza de mis músculos. El miedo pasea lento, cabizbajo, a lo largo de todo el corredor. Ya no asusta. Ni teme ni es temido. […] Y entonces es la magia la que brota del silencio que rompen tus tacones sonando al otro lado de la puerta, del sonido del roce de tu llave que comienza su giro salvador. Todo cambia en seguida, sin aviso. Las paredes se pintan de colores que entran a través de las ventanas, el miedo huye deprisa, sin consuelo, con miedo de encontrar quien le dé miedo. La luz se cuela alegre por donde antes no se colaban nada más que penas. Y así, como si de un cuento de niños se tratara, en cuanto llegas tú, mágica hada, este infierno se vuelve en un momento una casa encantada.

Nota de lectura

Una de las construcciones más elaboradas del libro. La casa como espacio interior —depresión, miedo, aislamiento— se transforma en metáfora de la vida emocional del narrador. Cada adjetivo que acompaña a «casa» (normal, desquiciada, gris, fría, menguante) es una capa más del retrato psicológico. El giro final, con el sonido de los tacones y la llave, es de una ternura sin sentimentalismo.

Inventario de olvidos

Elegía al poeta como figura necesaria · Premio ASEAPO 2015

Ahora que el Mar Rojo, ya olvidado, no se abrirá de nuevo a nuestros pies, y vivimos condenados a caer en la ignorancia cruel que nos persigue, hacen falta poetas. Ahora que Catulo duerme y calla, y Lesbia desespera en el silencio de un recuerdo de versos dedicados. Ahora que no hay montes ni calvarios donde agarren con fuerza las raíces de las osadas cruces de la fe, hacen falta poetas. Ahora que Pelayo perdió el Don, que Numancia resiste por vergüenza, que hay Quijotes durmiendo en los cajeros con miedo de que el sueño se haga fuego y les deje sin barba y sin conciencia. Ahora que el amor no es un romance, que todas las canciones nos hablan de lo mismo, y que apenas nos late el corazón porque a nadie interesan sus latidos, hacen falta poetas. Ahora que la guerra es el pan nuestro, que sólo nos amamos a nosotros, que matamos al prójimo —como quien mata el tiempo—, y que siguen desiertas las abarcas que a Miguel le sacaron los colores, y no fuimos capaces de encontrar la oscura raíz del grito que sembraron en un pecho de nombre Federico… hacen falta poetas. Ahora, igual que antes, como siempre, hacen falta poetas. Ahora, como siempre, más que nunca, ¡Hacen falta poetas!

Nota de lectura

El poema más claramente político y el de mayor ambición cultural del libro. La estructura anafórica de «Ahora que…» crea un crescendo que pasa por la Biblia, Roma, la Reconquista, el Quijote, García Lorca, Machado, y llega hasta el presente de la crisis económica y las guerras actuales. No es erudición decorativa: cada referencia lleva carga emocional propia. La elegía se convierte en manifiesto.

La fábrica de tontos

Crítica social · cadena de montaje humana

No somos más que masa modelable, una masa maleable y sencilla que se deja hacer, ¿y por qué no? No somos más que un objeto caduco que se engendró de otros, como a otros también habremos de engendrar para que no se detengan los viejos engranajes de esta maquinaria que algunos creen perfecta. Nos soltaron las manos y nos llamaron libres. Nos pusieron un número de serie asociándolo a un nombre perseguido, inexorablemente, por el tiempo pasado. Nos metieron en cajas bien selladas y nos enviaron, por transporte urgente, al lugar donde nos esperaba una misión, la que ellos nos habían asignado. Todo es perfecto en este mundo, salimos casi todos sin defectos de una mísera y triste cadena de montaje, y la norma nos obliga, sin excepción ninguna, a perpetuar la sangre que nos viene desde atrás. […] Así es como sé hoy que apenas sirvo para cumplir el reto encomendado, que no valgo ni valdré nunca para tonto por más que lo deseé, o se lo pida a gritos a las altas deidades de esta tierra. Así es como sé hoy que sólo queda la búsqueda inconexa de un lugar donde esconderme, donde sentirme a salvo de aquellos que no comprenderían cómo una de sus creaciones no fue lo que debiera, que aún está por debajo, que nunca llegó a tonto, que se quedó, tan sólo, en un simple poeta.

Nota de lectura

Una de las denuncias más logradas del libro, que convierte la metáfora de la cadena de montaje industrial en retrato del proceso de uniformización social. Lo que empieza como crítica sistémica termina siendo autorretrato: el «producto defectuoso» que no llega a tonto, que se queda en poeta. El remate es a la vez irónico, melancólico y un poco orgulloso.

El hombre que llueve

Retrato del poeta como figura de empatía universal

Hay un hombre que llueve sin descanso, sin encontrar consuelo, a todas horas. Cae sin prisa, sin miedo, sin remedio, como suave rocío de tristeza que riega alguna flor sin esperanza. Es un hombre infeliz, casi sin viento, que se deja llover de forma breve —como quien moja leve la levedad del sueño—. Hay un hombre que llueve, calla, y siente, que no soporta el mundo en sus alturas, que acaba siendo charco en sus zapatos, que siente que está todo contra él y no puede hacer nada por cambiarlo. Hay un hombre que asume la derrota —que sólo tiene lluvia porque lluvia respira—, y sabe que su mal no está en sus centros, que aquello que alimenta el manantial que brota de sus nubes está fuera de él, alrededor de su líquido cuerpo plañidero. Sabe que su dolor es el de todos, el de los que se mueren sin justicia, el de aquellos que sólo tienen hambre, el de los desahuciados del amor, el de los indigentes sin cajero, el de madres sin fuerzas y sin fe. Y llueve, sólo llueve, siempre llueve. Hay un hombre que llueve en un espejo, y un poeta llorando frente a él.

Nota de lectura

Un poema construido con gran habilidad sobre la metáfora del hombre-lluvia. Lo que empieza como retrato de la tristeza individual —casi una elegía intimista— va amplificando su alcance hasta que la lluvia ya no es melancolía personal sino empatía universal: el dolor de los otros que el poeta absorbe y convierte en escritura. El último verso es el mejor del poema: el hombre y el poeta son la misma persona ante un espejo.

Domésticame

El poema de amor más elaborado de la sección final

Domestícame, átame a las patas de tu cama, no dejes que me lama las heridas que me abrieran los años. Hazme de ti, de tus silencios, de tus ausencias, y aguardaré nervioso escuchar el sonido de tus pasos tras la puerta, y me pondré contento al verte entrar, escucharé tu voz como si fuera el aire que se estaba terminando. Esperaré ansioso las caricias de tus manos por mínimas que sean, y restregaré mi cuerpo contra el tuyo aunque uses los cojines del sofá como un muro insalvable entre nosotros. Domestícame, enséñame las luces de tus ojos y te guiaré, sin prisas, por mis ganas. ¡Cuidado! no tropieces con el miedo que dejo tirado cada noche por el suelo al desvestirme, o con la estúpida correa, en forma de corbata, que me amarra a un trabajo que no me gusta mucho, que no me gusta nada. Conquistarte sería mi trabajo ideal. Domestícame, lánzame una mirada hacia el final del parque y yo te la devuelvo convertida en un beso que te cierre los ojos, y ya, luego, si quieres desplegamos las alas, encendemos las calles y volvemos a casa. Domestícame, hazme invisible a todas las mujeres, siente mi sombra acercarse despacio hasta tu dormitorio, hazme sitio en tu cama. Domestícame. Domestícame.

Nota de lectura

Un poema de amor que usa la voz del animal doméstico —implícita, nunca dicha— para hablar de la entrega total al otro. La estructura repetitiva del «Domestícame» funciona como estribillo que se carga de matices en cada aparición. El inciso de la corbata —«que me amarra a un trabajo / que no me gusta mucho, / que no me gusta nada»— es uno de los mejores momentos del libro: humor, precisión y tristeza en tres versos.

Galería de minipoemas

Aforismos, instanáneas y jabs de humor · la precisión como oficio

Crisis

Yo trabajaba en un banco hasta que vino alguien más viejo y, por educación, tuve que levantarme para cederle el sitio. Ahora camino. Soy.

Amor casi eterno

Me quiso, y mucho, hasta el mismo día en que se dio cuenta de que necesitaba más espacio en el armario.

Sistema métrico

La distancia que hay entre un beso y el siguiente sólo puede medirse en ganas.

El fin del mundo

La tarde va cayendo, lenta, como algodón de azúcar sobre el asfalto oscuro. Todo es felicidad. La carne casi arde en la parrilla, y, preparado el pan para arroparla, descubro, acojonado, que no queda suficiente mayonesa para dos.

Fracaso escolar

La niña morena de largas trenzas y sonrisa angelical que se sentaba a mi derecha. Ése es el mayor fracaso escolar que jamás tuvo nadie.

Deseo

Sólo hay una cosa que me hubiera gustado hacer antes de morir: Haber vivido.

Costuras

A veces a la vida hay que darle la vuelta, como a los calcetines, para que ciertas costuras dejen de hacernos daño.

Amor en escabeche

Me pides que te diga algo bonito aun sabiendo, como sabes, que yo soy más de atún.

Nota de lectura

El libro de Antonio eMe brilla especialmente en estos minipoemas. La compresión no es pereza: es artesanía. «Crisis» dice más sobre la precariedad laboral y la dignidad en tres palabras finales —«Ahora camino. Soy»— que muchos poemas de denuncia en veinte versos. «El fin del mundo» convierte lo apocalíptico en lo doméstico con un golpe de humor perfecto. «Costuras» y «Deseo» son aforismos puros que merecen figurar en cualquier antología del género.

Cuando trabajabas en la fábrica de coches

El mejor poema narrativo del libro

Cuando trabajabas en la fábrica de coches no había nada que nos pudiera detener, entonces todo marchaba sobre ruedas. Pasabas el día pelando y empalmando cables y yo, en casa, jugando a eso de ser mejor persona, pero sabes de sobra que, lo mismo que a todo lo demás, pierdo casi siempre. A veces, cuando volvías al sofá del cuarto, yo te tenía la cena preparada, una sopa caliente de cebolla o de reproches, y una tortilla triste, hecha con un triste huevo, batido a duras penas. Luego te permitía acariciar mi espalda con tus callosas manos, y había noches, las menos, en las que todo aquello derivaba en un beso. Después, disimulando, iban tomando posición en la batalla nuestras lenguas, y entonces terminábamos desnudos en la alfombra, yo queriéndote, tal vez, un poco más, y tú oliendo al amargo plástico del cableado. Pero eso era antes, cuando el mundo aún no tenía ningún sentido, y la vida pasaba entre nosotros sin apenas querer causar molestias. Llegaron malos tiempos, la fábrica cerró, a mí se me olvidó cómo se cocinaba la sopa de la cena, el olor de tu cuerpo a plástico sobado y el áspero tacto de la alfombra. Tú, en cambio, seguiste acordándote de mí y de mis muertos, desde el mismo día que me echaste de casa. Búscate un trabajo, me dijiste, una lengua nueva con la que pelear y llévate esta alfombra que está llena de ácaros. Sólo tu dignidad se arrastra más que ella.

Nota de lectura

El mejor poema narrativo del libro. Construye desde el detalle físico y concreto —el olor a plástico del cableado, la sopa de cebolla o reproches, la alfombra— la historia de una relación de pareja en crisis que coincide con la crisis económica general. El humor ácido de «una sopa caliente de cebolla o de reproches» es exactamente el tipo de imagen que hace grande a este libro. El final, con los versos de ella, es demoledor.

De tanto sabernos

El poema que también se hizo canción · con un verso añadido por Rubén Fuentes

Nos sabíamos tanto, que de tanto sabernos me olvidaba a menudo de seguirte aprendiendo. Nos sabíamos tanto, tanto a fuerza de besos, que por no descubrirme me inventaba secretos. Nos sabíamos todo, las esquinas del cuerpo, callejones del alma, el final de los versos (que tanto duelen hoy) Nos sabíamos tanto que de tanto sabernos aprendimos, de golpe, a dejar de aprendernos.

Nota de lectura

Una de las piezas más perfectas del libro en términos formales. La paradoja central —el exceso de conocimiento como forma de ignorancia— se desarrolla con una economía de medios ejemplar. El verso añadido por Rubén Fuentes en su versión musical —«que tanto duelen hoy»— aparece entre paréntesis en la edición definitiva y amplifica de un solo golpe todo el peso emocional del poema. Cuatro estrofas, un solo hallazgo, y queda.