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Teatro Formato Regular

La última flor del mundo

Génesis e Idea Original de la Obra

IDEA ORIGINAL Martín Mucha firma una crónica en el diario El Mundo, el día 22 de abril de 2018, a la que le da el título de “La venganza de un padre 33 años después: el romancero 'lorquiano' del carnicero y el mendigo”. Ese mismo día, domingo a todos los efectos, mientras desayuno café y una tostada de pan de ayer con tomate rallado, aceite, y sal, hojeo el periódico que ha subido mi mujer, momentos antes, junto con el pan de hoy y otras dos cajetillas de tabaco rubio. Yo llevo poco más de ocho años sin fumar pero ella lo sigue haciendo a diario. Con un cuidado casi extremo para que el tomate no acabe, como lo hace la mayoría de los domingos, manchándome la chaqueta del pijama, intento hincar mis dientes en el crujiente pan, al tiempo que sigo removiendo el café con la otra mano, y ojeo lentamente el escrito en el periódico abierto sobre la mesa. “La terrible historia del carnicero que lleva 33 años "muerto en vida" y cómo encontró por azar, y quiso matar, al asesino y pariente de su hija en 1985”. De todo ello, a pesar del drama por la pérdida de una hija, de la sed y la espera por la venganza, y de lo terrible de la historia, lo que más llama mi atención es lo que figura entrecomillado, el “muerto en vida”. Como digo, de todo lo que el autor de la crónica escribe para introducir el texto y alertar al lector me quedo con lo simple, con lo sencillo. Al menos eso creo hasta que inicio la lectura del artículo y me sorprendo cuando observo que comienza con otro entrecomillado, “Estoy muerto en vida”, reitera Martín Mucha al principio de su escrito. Es evidente que la muerte aquí ocupa un papel importante, por lo que al seguir leyendo voy tamizando la narración y quedándome con los cinco elementos principales. El padre, la madre, la niña, el asesino, y la muerte. Todo lo demás no diré que está de más pero podría llegar a quitarle dureza, bilis y desesperación a la historia.

Allá por el año 2016 autopubliqué un pequeño libro con varios relatos que tenía mal repartidos y bien desordenados en distintos espacios de mi casa, así como en un blog que no recibía más visitas que las mías y la de algún lector perdido que llegaba a él buscando quién sabe qué. ”Cosas que pasan… o no” es el título del libro, cuyo contenido se compone de una colección de relatos casi inconexos, de no ser por que pudiera unirles a todos o, al menos, a la mayoría de ellos, la circunstancia de que fueron escritos en un tren, en horario de mañana, camino del trabajo que, por aquel entonces, estaba a sesenta y cinco kilómetros de mi domicilio habitual. De este modo conseguí que la hora y cuarenta y cinco minutos que duraba el trayecto de ida se hiciera más llevadera, eso por un lado, por otro, que ese tiempo fuese productivo a la hora de escribir. De entre todas esas historias que surgieron estando sobre las vías, una de ellas, “El hombre equivocado”, pasó a ser una obra de microteatro, y otra, “La última flor del mundo”, tras acabar de escribirla supe que era un relato que, en el fondo, se sentía obra de teatro. Lo tenía todo para ser una súper producción impresionante, con decenas de actores, una orquesta interpretando música compuesta expresamente para ella, unos decorados de un realismo mágico, y unos protagonistas conocidos por todos. Pero extrapolar todo aquello que bullía dentro de mi cabeza a las tablas del escenario de un teatro resultó ser una tarea harto difícil, por lo que dejé de darle vueltas a la posibilidad de encontrar el modo de llevarlo a cabo y me olvidé de aquel monstruo con el que pretendía darle visibilidad a la historia de la última flor del mundo. Casualmente –digo esto porque creo que mi manera de afrontar la escritura de esta obra se basa bastante más en la casualidad que en la inspiración– mi mente tuvo a bien, mientras leía el artículo que aparecía en el periódico aquel domingo de abril, relacionar el relato de Martín Mucha con aquella antigua idea de convertir en dramaturgia “La última flor del mundo”. Se me vino a la cabeza la imagen de la niña muerta y no tardé en compararla con la de una flor (la última flor que quedara en el mundo) arrancada. Fue ahí donde se fraguó la idea de combinar realidad y fantasía, historia y relato, dolor y dolor. Tras ver la luz, oscura pero luz, llevé a cabo uno de mis necesarios retiros para escribir –me gusta escribir a solas, sobre todo cuando el tema a tratar es de tan extrema amargura, para que nadie me vea llorar mientras lo hago–. El daño había comenzado al tiempo que la sangre se aceleraba y el desarrollo de aquello que quería contar comenzaba su andadura. Lo pasé mal. Muy mal. Hay cosas que no se deberían escribir nunca, y esto que tiene ocasión de leer a continuación es una de ellas. No me extiendo más. Por mucho que quiera explicarlo no lograré igualar las sensaciones y sentimientos que traté de transmitir a través del siguiente texto teatral. Todo el dolor del mundo puede caber en una hora y media. Pido perdón por no intentar arrancarle ni una tímida sonrisa durante toda la narración. Espero, de corazón, que entienda a los protagonistas y que no les juzgue, supongo que sólo hacen lo que la vida –o la muerte– les ha encomendado.

Tras la obra teatral encontrará completo el relato que se lee durante la representación, titulado “La última flor del mundo”, y de donde esta obra tomó su título. Tal vez una cosa no tenga nada que ver con la otra pero, como digo, hubo algo –sigo sin saber muy bien el qué– que quiso que relacionara ambas historias y que las uniera en el mar de letras en el que parecen ahogarse por momentos sus personajes. Disfrútela, si puede, y perdone por todo el daño que su lectura le pueda causar. Esto no es más que una de las realidades que, por desgracia, se pueden encontrar en el mundo que usted y yo aún habitamos.