Hasta el viernes que viene es, ante todo, una obra de amor. Un amor que se impone al tiempo, a la ausencia, al dolor e incluso a la muerte. En su centro no hay una etiqueta, ni una forma única de pareja, ni una defensa de un modelo concreto de relación: lo que verdaderamente arde en esta historia es el vínculo profundo entre dos seres que se eligen, se recuerdan, se esperan y se aman por encima de todo.
Por eso, la grandeza de la obra reside también en su capacidad para ser defendida desde tres versiones distintas con la misma verdad escénica y la misma emoción: el amor entre un hombre y una mujer; el amor entre una mujer y una mujer; y el amor entre un hombre y un hombre. En todos los casos, la esencia permanece intacta, porque lo que sostiene la historia no es el género de quienes la encarnan, sino la intensidad del amor que los une.
Hasta el viernes que viene no necesita ser modificado en su verdad más profunda para ser interpretada por un tipo u otro de pareja. No requiere alterar su alma, porque su alma no depende de una forma cerrada del amor, sino de su existencia misma. La espera, la promesa, la ternura, la pérdida, el deseo de volver a ver al ser amado, la necesidad de seguir sintiéndolo cerca. Todo eso pertenece al territorio universal del amor, y no a una única manera de nombrarlo.
Ahí reside su fuerza, en demostrar que, cuando el amor es verdadero, lo demás resulta secundario. Cambian los cuerpos, cambian las voces, cambian los rostros, pero no cambia lo esencial. Porque al final, en esta obra como en la vida, lo único que prevalece, lo único que importa, es el amor.