Sinopsis comercial
En el asiento del rincón del vagón, con el teclado del móvil entre los dedos y sesenta kilómetros de vía por delante, Antonio eMe empezó a mirar a la gente como no se mira habitualmente: con la atención de quien sabe que detrás de cualquier cara hay una historia esperando ser contada.
Cosas que pasan… o no reúne cuarenta y cinco relatos escritos exactamente así: al vuelo, en el tren, en los márgenes robados al tiempo muerto. El resultado es un libro que se parece a la vida: sin orden ni moraleja, capaz de pasar en dos páginas de la risa más abierta al nudo en el garganta, de un giro absurdo a una historia que duele de verdad. Aquí conviven el tren de los gordos, el hombre sin edad que explota como una pompa de jabón, el tatuaje en el sitio equivocado, la pareja de amantes que se despiden con un «dale un beso a tu mujer», el primer balón de reglamento del barrio, la carta que nunca llegará a Ciudad Juárez, y el borracho de la estación Atocha que ve pasar un tren de 1940 y no sabe si subirse.
Un libro para leer en el tren, en la sala de espera, en cualquier hueco que la vida deje libre. Y para saber, al terminarlo, que las cosas más extraordinarias pasan siempre en los lugares más corrientes.
Análisis del libro
"Cosas que pasan… o no" es el libro más espontáneo y más honesto de Antonio eMe. Su origen condiciona y define todo lo que hay en él: son relatos escritos en el tren, en el teclado pequeño de un teléfono, mirando a personas reales. Eso se nota en la prosa —directa, oral, sin adornos innecesarios— y también en la estructura: no hay orden temático ni cronológico, sino la lógica impredecible de lo que pasa cuando uno presta atención.
El libro tiene tres grandes fortalezas. La primera es la variedad de registros: en cuarenta y cinco relatos eMe pasa del humor absurdo y desbordante (El poder de la mente, El tren de los gordos, Entrevista laboral) a la emoción más contenida (Para siempre jamás, Tú no eres quien yo espero, Sopa de letras), y de la denuncia social directa (Una cena pendiente, La despedida) al cuento fantástico puro (El tren de madera, La leyenda del tren de las 7:20, Armad, ciudad de unicornios). Esa amplitud es infrecuente y funciona porque la voz del narrador es siempre reconocible, aunque el género cambie.
La segunda fortaleza es el tren como escenario y como metáfora. Lo que podría ser un recurso repetitivo se convierte en cohesionador del conjunto: el tren es el lugar donde se observa, donde ocurre lo inesperado, donde la rutina y la revelación conviven. Algunos de los mejores relatos del libro (Mariposas, Hasta mañana, amor, El tren de madera, Niart eht) nacen directamente de esa mirada desde el asiento del rincón.
La tercera es la capacidad de sorprender con el final. eMe domina el giro de último párrafo —o de última línea— con una naturalidad que no siempre se consigue y que convierte relatos aparentemente menores en piezas que se recuerdan. El autoprólogo es también un acierto: establece el tono, explica el origen y, sobre todo, es divertido por sí solo.
Características del libro
El tren como universo propio
El tren es más que un escenario: es el punto de vista. Desde el asiento del rincón el narrador observa, inventa, recuerda. El vagón convierte a los desconocidos en personajes y a los trayectos en historias.
La mirada como herramienta
El libro funciona como un cuaderno de bocetos: observación rápida, intuición sobre la vida de quien se tiene delante, construcción de una historia plausible o disparatada. La mirada es el motor de casi todos los relatos.
Humor sin red
El humor de eMe nunca pide permiso. Va de lo absurdo inverosímil al humor negro más afilado, pasando por la autoironía. Funciona porque nunca es gratuito: siempre hay algo verdadero escondido dentro del chiste.
El giro como firma
La última línea que lo cambia todo. El detalle que reencuadra lo anterior. Es el recurso más característico del libro y el más efectivo: Hasta mañana, amor, Para siempre jamás, El hombre más feo del mundo, La despedida.
Amplitud de registros
45 relatos en casi todos los géneros: costumbrismo, absurdo, fantasía, crónica social, carta íntima, cuento de terror, monólogo, diálogo puro. La diversidad mantiene al lector en tensión permanente sobre qué encontrará en la página siguiente.
La voz como hilo conductor
Con tanto cambio de registro, lo que une el libro es la voz: directa, cómplice, a veces muy seria y a veces completamente desmelenada. Esa voz reconocible es lo que convierte 45 relatos sueltos en un libro con personalidad propia.
Tres relatos para leer
Una selección de tres relatos que muestran la diversidad del libro: el humor con trampa, la ternura inesperada y la emoción que duele.
Hasta mañana, amor
Costumbrismo · Giro finalSiete y veinticinco de la mañana. Aún está presente la noche y la gente hace todo cuanto se puede hacer dentro de un vagón de tren en movimiento. Unos duermen con la cabeza apoyada en el frío vidrio de la ventana, otros hojean, mientras ojean, la prensa gratuita, yo escribo, como puedo, en el diminuto teclado de mi móvil, intentando acompasarme con el traqueteo del tren para no errar en la pulsación de la letra deseada, y frente a mí, rodilla con rodilla, una pareja hablando de sus cosas. Echo un vistazo global desde mi asiento en el fondo del vagón sobre las cabezas que asoman por encima de los respaldos pero no veo nada interesante. Vuelvo a fijarme en la pareja que tengo delante de mis narices y veo que siguen hablando, ahora más bajito. Está claro que no soy yo el que encuentra las historias sino que son ellas las que me hallan a mí.
Los componentes de la pareja, un hombre y una mujer, pasan ambos de los cincuenta. Él tiene el pelo y la barba blancos, ella es delgadita y de joven debió ser guapa, a pesar de su edad luce una melena de un brillante color castaño oscuro. Mi primera impresión es que deben ser compañeros de trabajo, al menos todos los indicios apuntan a ello. Él juega a hacer que le saca fotos con su iPhone, mientras ella le dice que deje de hacer tonterías. Entre risas e intentos de capturar su cara, finalmente, se escapa un flash. Ella cambia su gesto y se pone seria:
–Borra esa foto ahora mismo– dice ella.
–¿Por qué? Si has salido guapísima– objeta él.
–¡Que la borres!– levanta la voz a la vez que intenta que no la escuchen el resto de los pasajeros.
–Pero mira, si has puesto una sonrisa muy bonita.
–A ver...
–Mira– dice él, mostrándole el móvil a la vez que retira su brazo hacia el pasillo.
–A ver, hombre, que sabes que de lejos no veo.
Él cede ante su tierna mirada de súplica y le deja el teléfono para que se vea. Ella, según lo coge, busca el icono de la papelera con su fino dedo y elimina la fotografía.
–Toma, ya lo puedes guardar. Sabes bien que esas cosas no deberías hacerlas.
–Perdona, hija. No era más que una broma– se disculpa él.
Guarda el móvil en el bolsillo de su abrigo, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Ella le mira durante tres segundos y hace lo mismo. Está claro que son compañeros de trabajo. Compañeros haciendo las típicas tonterías que se hacen en cualquier oficina entre un hombre y una mujer. Ese cortejo estéril e inservible que no es más que un mero pasatiempo.
En estas reflexiones estoy cuando empiezo a pensar que la historia elegida no habrá de tener éxito. Antoñito, elegiste malos protagonistas para tu debut. Y mientras me debato entre la publicación o no de esta insulsa historia observo como la mano de ella se acerca lentamente a la de él, hasta situarse sobre ésta. Compañeros de trabajo... y algo más, pienso. Él, sin abrir los ojos, retira la mano despacio para, también despacio, ponerla encima de la de ella, que tampoco abre los ojos mientras él la aprieta suavemente. En la cara de ambos nacen leves sonrisas y quedan quietos y en silencio.
Así permanecen hasta que la voz enlatada de la señora que anuncia la próxima estación pronuncia El Pozo. Entonces abren los ojos. Ella le suelta la mano y se pone de pie, se abrocha los botones del abrigo, se coloca los guantes, y se inclina sobre él para darle un pequeño beso en los labios.
–Dale un beso a tu mujer– le dice.
–Lo haré. Dale tú otro a mi hermano– comenta él.
–Hasta mañana, mi amor– se despide ella camino de las puertas del vagón sin dejar de mirarle.
–Hasta mañana– corresponde él, volviendo a echar la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos de nuevo, ahora, si cabe, aún más sonriente.
Un relato construido desde la observación pura. El giro de la última línea reencuadra todo lo anterior sin traicionar nada: la ternura sigue siendo ternura, aunque no sea la que esperábamos.
El tren de madera
Fantástico · InquietanteEl madrugón del jueves es, sin duda, el peor de todos los madrugones de la semana. Más aún cuando acaba de entrar en la península una ola de frío siberiano que ha formado placas de hielo en el andén, por lo que hay que andarse con mucho cuidado. El leve viento que hace poco comenzó a levantarse consigue que el rostro llegue a doler de tan frío como viene y los ojos no pueden evitar lagrimear.
Como no podía ser de otro modo, basta que las ganas de que llegue el tren sean mayores que nunca para que éste venga con retraso. Pasan los minutos y comienza a inquietarme tanta tardanza. Me extraña tanto la demora como el hecho insólito de que no haya nadie más esperando la llegada del tren. Tras unos lentos e interminables minutos parece adivinarse una luz cálida a lo lejos que se acerca lentamente. Más lentamente que el resto de los días. Y para que mi sorpresa sea aún mayor puede apreciarse, a medida que se va acercando, una columna de humo que se eleva sobre la máquina.
Al tiempo que la luz se aproxima también lo hace el sonido de una pequeña campana que repiquetea insistentemente. Cuando entra en el andén puedo ver una locomotora negra, como esas que aparecen en las películas antiguas. Al llegar a mi altura, ojiplático, boquiabierto y totalmente desorientado, observo al otro lado del cristal al maquinista: un hombre fuerte en camiseta de tirantes, con un gran bigote blanco y tanto la cara como los brazos tiznados de carbón.
Tras la locomotora comienzo a ver pasar los vagones de madera. En el interior del primer vagón puedo apreciar la imagen de un cura, con sotana y alzacuellos, sentado en la primera fila. Detrás de él se sientan varios milicianos de uniforme, dos hombres con sombrero y, junto a ellos, dos señoras rollizas con pomposos vestidos. En el segundo vagón descubro hombres con boina y mujeres con faldones negros; quien no tiene una cesta de mimbre sobre las piernas lleva un hatillo. En el tercer vagón va gente de pie y otra sentada en el suelo, pasándose una bota de vino, con hogazas de pan y embutidos. Un chico joven toca una guitarra mientras otros le acompañan con las palmas.
Finalmente el tren se detiene por completo y queda justo a mi altura la puerta trasera. Ésta se abre y aparece una linda muchacha que me sonríe y me hace un gesto con una mano para que suba, mientras con la otra se recoge las faldas, dejando al descubierto una especie de pololo que ya no utilizan las mujeres de hoy en día. No sé qué hacer. Por un lado, el jolgorio y la alegría que sale del vagón me invitan a subirme a él, pero por otro tengo miedo, mucho miedo y una tiritona de frío y de temor que no me deja moverme.
Se escucha el silbido de la locomotora, suelta una enorme bocanada de humo, y comienza a moverse lentamente, igual que se detuvo. El maquinista se despide de mí agitando uno de sus brazos mientras vuelve a silbar el tren. La chica de la parte trasera me guiña un ojo y después vuelve al interior del vagón cerrando la puerta. Una humareda exagerada comienza a ascender desde la vía hasta envolver por completo al tren de madera. Se vuelve a escuchar el repiquetear de la pequeña campana, cada vez más lejos, hasta que todo queda en silencio.
Decido que esta mañana tampoco iré a trabajar, ya he tenido bastantes emociones por hoy. Me encamino al subterráneo que pasa bajo las vías para salir de la estación, y al bajar las escaleras me cruzo con la multitud de gente con la que comparto viaje cada mañana. Me vuelvo un momento para observar el reloj y veo que en esos momentos marca la hora a la que suelo llegar al andén cada día.
Llegué a casa e intenté tranquilizarme y olvidarme de todo, aunque sabía que lo que me había pasado era real y, no sé por qué, tenía, y tengo, la extraña sensación de que ésta no será la única vez que vea a esas personas, y estoy convencido de que algún día, antes o después, el tren de madera volverá a buscarme y quizá, en ese momento, esté preparado para subir a él e irme con ellos a donde quiera Dios que me quieran llevar.
El mejor relato fantástico del libro, y uno de los mejores en cualquier registro. El tren de madera es, a la vez, un sueño, un fantasma y una invitación. La última frase lo deja abierto de la única manera correcta.
Sopa de letras
Emoción · InfanciaTras la marcha del hombre de la casa todo cambió, sobre todo se fueron notando esas variaciones a la hora de comer. De un modo paulatino fueron desapareciendo del menú diario filetes y escalopes, tras estos fue el pescado el que empezó a escasear. Comenzamos a compartir el yogur o las natillas del postre. La barra de pan se racionaba para que durase tres días, aunque al tercero debiéramos usar nuestra fuerza más bruta para masticarlo.
Mi hermano y yo empezamos a sospechar que mi padre no había salido solo de la casa sino que se había llevado con él el dinero que siempre tenía mi madre en el monedero. Aquellas monedas que a escondidas hurtábamos alguna vez para comprar chucherías parecían haber desaparecido para siempre. Mi madre ya no nos compraba ropa nueva, se limitaba a remendar los enganchones o a ponernos coderas y rodilleras en todas las prendas viejas que teníamos. Ella tampoco se cambiaba casi nunca. Ya siempre vestía igual, salvo algunas tardes que se ponía un vestido corto de color rojo y salía a dar un paseo para —según decía— descansar un rato de nosotros. Esas eran las únicas tardes que se pintaba los labios y estaba guapísima aunque, no sé por qué, se le notaba más si cabe ese triste brillo en los ojos. Nosotros esperábamos nerviosos a que regresara porque siempre que volvía de su paseo nos sorprendía con algo. Unas veces nos traía un flan para cada uno, otras algún helado o chocolate para después de la cena, aunque ella esas noches no cenaba. Sólo nos miraba.
Nos miraba entretenernos con la sopa que, no recuerdo cuánto tiempo hacía, era plato único en las comidas, aunque debía de hacer el mismo tiempo que la sopa que nos servía comenzó a ser siempre de letras, así como el mismo tiempo que llevaba sin meternos prisa para que termináramos de comer. No sé por qué motivo dejó de regañarnos cuando hundíamos nuestros pequeños dedos en el plato de sopa para ir sacando letras y formar palabras con ellas. Era divertido comer así, sin prisa, leyendo en voz alta las palabras que íbamos escribiendo en el borde del plato, para luego devolver las letras a su caldo y comenzar de nuevo. Ella, mientras, miraba. Sólo miraba.
Mi hermano y yo nos turnábamos en aquel juego que habíamos inventado para hacer más llevadero el gris momento de alimentar nuestros pequeños cuerpos. Nos reíamos. No sé si aquello sería ser feliz pero recuerdo que nos reíamos. Sobre todo cuando jugando con la comida escribíamos palabras como «CULO», «TETA» o «BOBO». Alguna vez mi madre también sonrió.
La vida pasaba y nosotros pasábamos con ella, sin querer darnos cuenta de lo que teníamos o de lo que dejábamos de tener. Mientras hubiera letras en la sopa todo era llevadero. Pero como se acaba todo lo bueno, o lo malo, o, sabe Dios lo que era aquello, eso también se terminó. Fue una noche de ésas en las que mi madre no cenaba, era el turno de mi hermano. Yo acababa de devolver a la sopa las letras de la palabra «POBRE» que había compuesto instantes antes, él fue conformando una nueva palabra en el borde de su plato, y una vez terminada la leyó en voz alta. Justo en el momento en el que terminó de pronunciarla el sonido del bofetón que le dio mi madre se adueñó de toda la casa.
Antes de que mi hermano se repusiera de la sorpresa que aquello le había causado, y comenzara a llorar como ya lo estaba haciendo mi madre, a ella le dio tiempo de levantarse, coger bruscamente los platos de la mesa y llevárselos a la cocina, vaciándolos rápidamente en el cubo de la basura sin querer volver a mirar la palabra «PUTA» que mi hermano hubo escrito a modo de gracia en el borde de su plato.
Aquella fue la última vez que comimos sopa de letras. Desde aquel momento las comidas se volvieron aburridas y silenciosas, sin poder, ni querer, encontrar qué hacer con las anodinas bolitas de la nueva sopa, no viendo nunca más a mi madre con los labios pintados, y sin volver a probar un flan o el chocolate hasta que fuimos muy, muy, muy mayores.
El relato más hondo del libro. Escrito sin sentimentalismo, desde la distancia inocente de los niños que no entienden del todo lo que ven, consigue decir en dos páginas lo que otras historias no dicen en doscientas. El último párrafo es perfecto.
Valoración final
Cosas que pasan… o no es un libro que hace exactamente lo que promete: entretiene, sorprende, y de vez en cuando, sin previo aviso, hace daño. Su mérito no es la perfección —la heterogeneidad entre relatos es real y no siempre todos están al mismo nivel— sino la honestidad. Ningún relato intenta parecer más importante de lo que es, y eso, paradójicamente, es lo que hace que algunos sean muy importantes.
El tren como escenario y como metáfora es el hallazgo estructural del libro. La voz del narrador es el hallazgo literario. Y el giro de última línea —que aparece en los mejores relatos con una naturalidad que no se puede fingir— es la firma que distingue a un buen cuentista de quien simplemente sabe escribir. Antonio eMe es un buen cuentista.